Los discípulos de Emaús



P. Adolfo Franco, S.J.

PASCUA
Tercer Domingo

Lucas 24, 13-35

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojo lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!».
«¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les había aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron». 
Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No será necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.


Jesús busca a dos discípulos a los que se les ha acabado la esperanza. Así nos busca Él siempre.

Este pasaje de San Lucas narra la aparición de Cristo resucitado a los dos discípulos que dejan Jerusalén, y ahí dejan su esperanza, y se encaminan a una aldea cercana, llamada Emaús. Dos hombres desesperados, que tienen el corazón inundado, ahogado por el pesimismo y el fracaso. Es una pieza dramática muy bien estructurada por el Evangelista San Lucas en que cuenta el proceso gradual, por el cual estos dos hombres recuperan la esperanza, y se liberan de la amargura.

Esta manifestación de Cristo resucitado tiene una gran semejanza con la parábola del buen pastor, que el mismo Lucas narró en el capítulo 15 de su Evangelio. El Buen Pastor de la parábola deja a las noventa y nueve ovejas y sale a buscar a la que se había extraviado. En esta aparición Cristo resucitado se olvida por un momento de los once apóstoles que están escondidos en el comedor de la Ultima Cena y sale al campo a buscar a estos discípulos que se escapan; y no saben ellos que se están escapando de la alegría, para sumergirse más en la tristeza. Jesucristo resucitado, parece que no tiene otra cosa más importante que hacer que salir a buscar estas ovejas que se están extraviando,  y se están precipitando en un abismo. Para El son su prioridad; se aparece a ellos antes que al resto de los Apóstoles. Y les dedica toda su atención y todo su tiempo: les oye con interés, los acompaña todo el día, entra a su casa, les explica pacientemente las Escrituras, les reparte el pan, les devuelve la fe, los llena de alegría.

Y al actuar así con sus dos discípulos, ovejas extraviadas, Jesús nos da a todos unas lecciones importantes: la primera es que la esperanza cristiana debe ser tan grande que supere todos los plazos; los dos discípulos fugitivos que escapan a Emaús, han perdido la esperanza porque el plazo de espera se les ha hecho muy largo; así lo afirman ante Jesús: ya han pasado tres días de la muerte del Maestro, y todo se acabó. Una esperanza con un plazo demasiado corto; además los tres días ni siquiera han pasado completos. Y la esperanza cristiana simplemente no puede tener los días contados, pues Dios jamás va a fallar.

Jesús de alguna forma hace “resucitar” a estos dos que estaban muertos, porque se les había muerto la esperanza. Hacer resucitar la esperanza, esa es la tarea que cumple Jesús en estos dos discípulos. ¡Que grave problema cuando a una persona se le acaba la esperanza! Y Jesús, buen médico, hace salir primero de esos corazones toda la negrura que tenían, que se lo cuenten todo, y después que les ha vaciado el corazón de su pesimismo, entonces puede El inyectar de nuevo esperanza nueva, que les va llegando primero con la explicación de las Escrituras, y después con el Pan Partido.

Es notable lo que en esta narración se afirma, y es que la alegría se va abriendo paso en su corazón a medida que Jesús les explica las Escrituras. Ciertamente que si buscamos un manantial para beber en abundancia la esperanza, para tener alegría, no podremos encontrar ningún manantial más puro que las Escrituras, la Revelación de Dios. Y si las sabemos beber con avidez, el gozo se irá abriendo paso en nosotros, pues lo que nos dicen es que Dios nos sostiene, que nuestra vida está en sus manos, que sólo busca nuestro bien, que tiene un deseo incontenible de salvarnos, que es nuestro Padre, que El está siempre a nuestro favor; como dice San Pablo: “Si Dios está por nosotros ¿quién estará contra nosotros?” (Rom 8, 31). Hay que tomar nota de esto: Dios nos ama de verdad, por eso la Escritura Revelada es fuente de alegría.

Finalmente el momento central de toda la narración es aquel en el que los dos discípulos reconocen a Jesús resucitado, precisamente cuando El les reparte el pan, cuando les da la Eucaristía (así se ha interpretado este gesto de Jesús). Parecería que entonces ellos recién saben ensamblar todas las piezas de lo que les ha ocurrido ese día, y saben ver lo que estaba ante sus ojos y no supieron comprender; se dan cuenta que de nuevo tienen esa esperanza que se les había perdido. Y también para nuestra vida cristiana podemos decir que reconocer a Jesús resucitado en la Eucaristía es la plenitud de la revelación y la plataforma firme de la esperanza. La Eucaristía llena de fuerzas nuestra vida cristiana y nos hace aptos (como a los dos discípulos de que estamos hablando) para salir corriendo a anunciar el mensaje, este mensaje único: que verdaderamente Cristo ha resucitado.

Qué diferentes los dos discípulos que salieron de Jerusalén por la mañana con el corazón vacío y los ojos tristes, de los que ahora vuelven corriendo llenos de un gozo que nos les cabe ni en el corazón ni en los ojos.




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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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